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domingo, 1 de febrero de 2015

AMBULANCIAS Y MOTOS

              Eran las cuatro de la madrugada y hacía unos quince minutos que no entraba ningún paciente por urgencias. Después una guardia tan movida se agradecía un poco de calma, aunque solo fuese durante un rato. Así que me fui a la entrada de urgencias, en concreto a Admisión, una habitación con un gran cristal blindado frontal que vista desde fuera parece una pecera. Estábamos la administrativo que toma los datos de los pacientes que llegan y yo, que me había sentado mientras rellenaba unos papeles. Pensaba tomarme un café, aunque no tenía claro si lo mío era más sueño o cansancio porque a esas horas de la madrugada, y después de llevar allí desde las ocho de la mañana, las dos cosas están bastante mezcladas. Si levantaba la vista, podía ver la calle y el tramo de acera por donde accedían los enfermos. De repente, observo cómo entra a la carrera un hombre de unos cincuenta años con la nariz roja como un tomate maduro tirando a pocho y el pelo tan alborotado que a su lado los pelochos parecían bien peinados.  Se dirigió hacia la ventanilla y preguntó a bocajarro:
- ¿Manuel  Rodríguez Pérez?
La administrativo miró brevemente la pantalla y le dijo:
- Aquí no está.
- Mire bien, que tiene que estar- demandó impaciente-. Salió en ambulancia un poco antes que yo en la moto.
- A ver, repítame el nombre- pidió mi compañera impasible.
- Manuel Rodríguez Pérez.
- No está. Quizás llegue en unos minutos.

  No parecía creérselo. Abrió mucho los ojos y mirándonos con sorpresa, exclamó:
- Pero entonces, ¡me está diciendo que corre más mi moto que una ambulancia! ¡Este país no tiene arreglo! ¿Cómo es posible?- repetía mientras salía a la calle para ver si llegaba la ambulancia con su amigo.

 Por su aspecto parecía que había venido a la velocidad de la luz o a la del sonido. Desde el domicilio de su amigo hasta el hospital hay varias rotondas. No sabemos si la cruzó a través o si las rodeó, lo cual parece bastante improbable. La ambulancia aún tardó bastante rato en llegar, lo que nos lleva a pensar que si hubiese traído a su amigo en la moto, habría llegado mucho antes, pero no sabemos en qué condiciones.



 
 

domingo, 2 de noviembre de 2014

PRINCIPIO DE HIPOCONDRÍA

                 Los que tienen un "principio de hipocondría" están de suerte. Actualmente, la medicina avanza de día en día, de hora en hora y de minuto en minuto, de tal manera que siempre existe algún análisis más que se puede pedir, alguna técnica o máquina nueva que se pueda probar, e incluso, algún médico nuevo que pueda emitir un diagnóstico nuevo sobre algún síntoma irrelevante. Si no les hacen demasiado caso en la medicina tradicional, pueden probar con la alternativa. Una técnica que se ha puesto muy de moda es la Reflexología, que básicamente consiste en que cuando te palpan la planta del pie, en realidad te están tocando otra parte del cuerpo: hígado, riñones, pulmón, o lo que sea. Así, este masaje en el pie, tendría un efecto terapéutico beneficioso en otras zonas del cuerpo, en general inaccesibles. Además, si te tocan y te duele, es que estás mal de ahí. Una amiga mía decidió celebrar su cumpleaños con una sesión de Reflexología. Acudieron varias amigas con ella dispuestas a dejarse tocar los pies y así mejorar su hígado, riñones, pulmones, estómago... Cada una en su cabina y cada una con su masajista. Todas encantadas con su terapia menos mi amiga, cuyos "ay-es" se escuchaban de punta a punta. Salió de allí convencida de que no tenía sana ninguna parte del cuerpo. 

               Esta última temporada nota el pálpito de que le puede dar un ictus. Sin embargo, sigue sin plantearse dejar de fumar esa cajetilla diaria que tanto le gusta. ¡Hay que preocuparse, pero sin pasarse! tal es su miedo que un día fue al estanco a comprar tabaco y en lugar de pronunciar "cajetilla", dijo algo ininteligible que no se parecía en nada a esa palabra. Notó claramente cómo se le trababa la lengua y cómo el estanquero  la miraba con extrañeza. "Ya está -pensó-, me está dando un ictus". Por fin consiguió pronunciar correctamente "cajetilla", la pagó y se fue. De camino a casa iba repitiendo como un mantra: cajetilla, cajetilla, cajetilla...Durante varias semanas hizo ejercicios de pronunciación a modo de rehabilitación de su ictus imaginario: "el cielo está enladrillado, ¿quién lo desenladrillará?... Y además, decidió avisar a su marido con una orden clara y concisa (la única forma en que los hombres entienden):

- Si cualquier día me oyes hablar mal, llévame inmediatamente al hospital -le dijo haciendo hincapié en "inmediatamente".
- Si hablas mal, ¿cómo? ¿Si dices tacos? -preguntó perplejo.
- Mal de pronunciar mal las palabras, que puede ser un ictus.
- ¡Ah, vale! -respondió sin extrañarse lo más mínimo. Cuando uno está casado con un hipocondríaco, no debe exaltarse con nada porque puede empeorar el cuadro.

   En este caso, quizá el no ser capaz de pronunciar la palabra "cajetilla" pueda ser un buen método para dejar de fumar.O quizá, no. ¡Estamos expectantes!


      

miércoles, 20 de agosto de 2014

CÓMO REANIMAR A UNA SUEGRA

       La reanimación básica, que consiste en el masaje cardíaco y el llamado boca-a-boca, debería estudiarse en los colegios en lugar de otras muchas tonterías que no sirven para nada. Si esto fuese así, no podría estar escribiendo esta crónica digna de película almodovariana. Ayer, vi a una paciente había sufrido una electrocución al mover unos cables de un congelador. Del fogonazo, cayó al suelo inconsciente y el primero que la encontró fue su "futuro yerno" que me relató lo sucedido.
     - Oí un ruido muy fuerte y fui corriendo; me la encontré sin conocimiento en el suelo, así que la tuve que reanimar.
     El "futuro yerno" es uno de esos hipsters de barba negra poblada, y por un momento pensé que en el boca-a-boca la señora habría tragado miles de pelos. Así que le pregunté:
     - ¿Le hiciste el boca-a-boca?
     - ¡Uy, no!- contestó con cara de asco delante de la "futura suegra"- le di "bofetadas" hasta que empezó a boquear. Al principio, cada treinta segundos hacía un intento de respirar y cuando vino la ambulancia ya era más regular.
      Con este método que usó para que la suegra recuperase la respiración, no me atreví a preguntar si le había hecho masaje cardíaco, por miedo a la respuesta. Salió de la habitación y continué hablando con la "futura suegra". Decidí interceder por él porque, aunque estaba muy satisfecho con su hazaña, parecía que la suegra no lo estaba tanto.
     - Mujer-, le dije- le salvó la vida. Yo creo que ha hecho méritos.
   - ¿Me salvó la vida?- preguntó con ironía-. Lo que me dio fueron unos buenos sopapos. Dice que quiere casarse con mi hija pero no sé yo...