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lunes, 6 de abril de 2015

LADY TEA

 


         Como decía Charles Dickens, "el hombre es un animal de costumbres", y éstas, con el tiempo, se convierten en tradiciones. Para un súbdito de Su Graciosa Majestad, tomar el té de las cinco en punto es un ritual insoslayable. Es bien conocido que los Territorios Británicos de Ultramar alcanzan las zonas más remotas del mundo, y en todos ellos se observa religiosamente la sagrada hora del té. 
 
 
   Lady Tea, que es como llamaremos a partir de ahora a nuestra protagonista, viajaba confortablemente en su camarote de primera clase en el Independence of the Seas, un barco de crucero propiedad de la naviera Royal Caribbean International. Había zarpado una tarde plomiza de abril desde Southampton, al sur de Inglaterra. Lady Tea, tenía la esperanza de que unas millas al sur el sol brillaría con fuerza y calentaría sus maltrechos huesos. El invierno pasado se había fracturado una cadera, así que se había pasado los últimos meses haciendo rehabilitación. Todos los miércoles se reunía en su casa del exclusivo barrio de Chelsea con sus amigas Lady Cupcake, Lady Penny y Lady Bony para jugar su partida semanal de bridge, tomar el té y repasar los cotilleos de la High Society londiense. Lady Cupcake, había enviudado veinte años atrás de Lord Cupcake, destacado miembro del Foreing Office. Había viajado por todo el mundo y, dos meses atrás, por fin logró convencer a sus compañeras de bridge para embarcarse rumbo al sur, en lo que se suponía sería un maravilloso crucero por el Mediterráneo. Visitarían ciudades españolas tan pintorescas como Vigo, la misteriosa Lisboa, Cádiz, Túnez y otros lugares fascinantes. Dejarían atrás la húmeda Inglaterra, tomarían el sol y se codearían con gente correcta. ¡Todo sería perfecto! Lady Tea viajaría en primera, of course, en atención a su reciente fractura de la que aún estaba recuperándose. Con el personal adecuado a su servicio, todo marcharía sobre ruedas. Los primeros días fueron extraordinarios. Las nubes se habían quedado en Inglaterra y el sol brillaba sin excesos. Lady Tea paseaba por cubierta por las mañanas y su cadera se había recuperado de forma asombrosa. El té se servía a las cinco en punto en una salita decorada como si se tratase de uno de los salones de Buckingham Palace, en una magnífica tetera brown Betty con tea cosy. Los  sándwiches de pepino y las pastas que acompañaban al té eran excelentes. Las cenas con el capitán eran la ocasión perfecta para lucir los trajes de noche que no se ponía desde que el difunto había pasado a mejor vida.
      Sin embargo, a ciertas edades hay que tener cuidado con tanta actividad. Tras uno de sus paseos por cubierta, Lady Tea se acatarró, producto sin duda de un descuido al olvidar su chal de cashmere en el camarote. Ese catarro banal se convirtió en neumonía y el oficial médico aconsejó su desembarco en el próximo puerto que, ¡oh casualidad!, se trataba del magnífico puerto de Vigo. La valoraron en el hospital y decidieron su ingreso, puesto que el oxígeno en sus pulmones no tenía los niveles adecuados. ¡Qué contrariedad! Lady Cupcake, Lady Penny y Lady Bony, sin sospechar el alcance de la dolencia de Lady Tea permanecieron en el barco, dejando a su amiga del alma en tierras gallegas. ¡Pobre Lady Tea! No hablaba ni una palabra de español y además, le tocó una enfermera que tampoco hablaba ni una pizca de inglés. Ella estaba decidida a colaborar todo lo que pudiera, a sonreír y a comportarse con todo el decoro que se le supone a una súbdita leal de su Majestad. Así que, cuando a las cinco y diez aún no se había servido el té, se vio en la obligación de llamar al timbre. La enfermera acudió y ella le explicó señalando su reloj que "it's tea time", suponiendo que eso bastaría para entenderla. La enfermera, le revisó la vía endovenosa y comprobó que funcionaba correctamente. Le sonrió y se fue de la habitación. Lady Tea volvió a hacer sonar el timbre.
 
- ¡It's tea time, it's tea time!- repetía, señalando el reloj.
 
     La enfermera seguía sin comprender, así que decidió llamar al médico de guardia.
 
- ¿Hablas inglés?- me preguntó.
- Me defiendo.
- Pues a ver si te entiendes con una lady que tenemos aquí y que está como una moto repitiendo algo que yo no entiendo.
 
Fui a verla y me miraba con los ojos como platos, como si no se creyese que en España no tomásemos el té a las cinco.
 
- ¡It's tea time!¡It's tea time!- repetía frenética.
- Ok. I'll bring you!- le dije.
 
            Le calentamos agua en un vaso de cristal en el microondas de la planta y le metimos una bolsita de té de marca blanca; pusimos un plato encima, unas servilletas de papel, y conseguimos un paquete de galletas de régimen para diabéticos, que abrimos y colocamos en el plato blanco a modo de pastas de té. Se lo llevé todo personalmente, en una bandeja de plástico y con mi mejor sonrisa. ¡Pobre Lady Tea! Casi le da un colapso. Ella que estaba acostumbrada a la porcelana kenwood, a las bandejas de diseño cubiertas por tapetes bordados primorosamente, a las servilletas de hilo con encaje de Cornualles y al Earl Grey Tea. Me miraba con tal cara de incredulidad ante semejante despropósito, que supongo que la próxima vez meterá en el equipaje su propia vajilla y unas bolsitas de su variedad preferida de té, por si vuelve a desembarcar en algún país sin civilizar. No volvió a pedir ningún té a las cinco. Se tomaba el yogurth que le traían en la merienda y  todos los días preguntaba cuándo le dábamos el alta, para volver a su amada, lluviosa y civilizada Inglaterra.
 
 
 
 
 

domingo, 1 de febrero de 2015

AMBULANCIAS Y MOTOS

              Eran las cuatro de la madrugada y hacía unos quince minutos que no entraba ningún paciente por urgencias. Después una guardia tan movida se agradecía un poco de calma, aunque solo fuese durante un rato. Así que me fui a la entrada de urgencias, en concreto a Admisión, una habitación con un gran cristal blindado frontal que vista desde fuera parece una pecera. Estábamos la administrativo que toma los datos de los pacientes que llegan y yo, que me había sentado mientras rellenaba unos papeles. Pensaba tomarme un café, aunque no tenía claro si lo mío era más sueño o cansancio porque a esas horas de la madrugada, y después de llevar allí desde las ocho de la mañana, las dos cosas están bastante mezcladas. Si levantaba la vista, podía ver la calle y el tramo de acera por donde accedían los enfermos. De repente, observo cómo entra a la carrera un hombre de unos cincuenta años con la nariz roja como un tomate maduro tirando a pocho y el pelo tan alborotado que a su lado los pelochos parecían bien peinados.  Se dirigió hacia la ventanilla y preguntó a bocajarro:
- ¿Manuel  Rodríguez Pérez?
La administrativo miró brevemente la pantalla y le dijo:
- Aquí no está.
- Mire bien, que tiene que estar- demandó impaciente-. Salió en ambulancia un poco antes que yo en la moto.
- A ver, repítame el nombre- pidió mi compañera impasible.
- Manuel Rodríguez Pérez.
- No está. Quizás llegue en unos minutos.

  No parecía creérselo. Abrió mucho los ojos y mirándonos con sorpresa, exclamó:
- Pero entonces, ¡me está diciendo que corre más mi moto que una ambulancia! ¡Este país no tiene arreglo! ¿Cómo es posible?- repetía mientras salía a la calle para ver si llegaba la ambulancia con su amigo.

 Por su aspecto parecía que había venido a la velocidad de la luz o a la del sonido. Desde el domicilio de su amigo hasta el hospital hay varias rotondas. No sabemos si la cruzó a través o si las rodeó, lo cual parece bastante improbable. La ambulancia aún tardó bastante rato en llegar, lo que nos lleva a pensar que si hubiese traído a su amigo en la moto, habría llegado mucho antes, pero no sabemos en qué condiciones.



 
 

domingo, 2 de noviembre de 2014

PRINCIPIO DE HIPOCONDRÍA

                 Los que tienen un "principio de hipocondría" están de suerte. Actualmente, la medicina avanza de día en día, de hora en hora y de minuto en minuto, de tal manera que siempre existe algún análisis más que se puede pedir, alguna técnica o máquina nueva que se pueda probar, e incluso, algún médico nuevo que pueda emitir un diagnóstico nuevo sobre algún síntoma irrelevante. Si no les hacen demasiado caso en la medicina tradicional, pueden probar con la alternativa. Una técnica que se ha puesto muy de moda es la Reflexología, que básicamente consiste en que cuando te palpan la planta del pie, en realidad te están tocando otra parte del cuerpo: hígado, riñones, pulmón, o lo que sea. Así, este masaje en el pie, tendría un efecto terapéutico beneficioso en otras zonas del cuerpo, en general inaccesibles. Además, si te tocan y te duele, es que estás mal de ahí. Una amiga mía decidió celebrar su cumpleaños con una sesión de Reflexología. Acudieron varias amigas con ella dispuestas a dejarse tocar los pies y así mejorar su hígado, riñones, pulmones, estómago... Cada una en su cabina y cada una con su masajista. Todas encantadas con su terapia menos mi amiga, cuyos "ay-es" se escuchaban de punta a punta. Salió de allí convencida de que no tenía sana ninguna parte del cuerpo. 

               Esta última temporada nota el pálpito de que le puede dar un ictus. Sin embargo, sigue sin plantearse dejar de fumar esa cajetilla diaria que tanto le gusta. ¡Hay que preocuparse, pero sin pasarse! tal es su miedo que un día fue al estanco a comprar tabaco y en lugar de pronunciar "cajetilla", dijo algo ininteligible que no se parecía en nada a esa palabra. Notó claramente cómo se le trababa la lengua y cómo el estanquero  la miraba con extrañeza. "Ya está -pensó-, me está dando un ictus". Por fin consiguió pronunciar correctamente "cajetilla", la pagó y se fue. De camino a casa iba repitiendo como un mantra: cajetilla, cajetilla, cajetilla...Durante varias semanas hizo ejercicios de pronunciación a modo de rehabilitación de su ictus imaginario: "el cielo está enladrillado, ¿quién lo desenladrillará?... Y además, decidió avisar a su marido con una orden clara y concisa (la única forma en que los hombres entienden):

- Si cualquier día me oyes hablar mal, llévame inmediatamente al hospital -le dijo haciendo hincapié en "inmediatamente".
- Si hablas mal, ¿cómo? ¿Si dices tacos? -preguntó perplejo.
- Mal de pronunciar mal las palabras, que puede ser un ictus.
- ¡Ah, vale! -respondió sin extrañarse lo más mínimo. Cuando uno está casado con un hipocondríaco, no debe exaltarse con nada porque puede empeorar el cuadro.

   En este caso, quizá el no ser capaz de pronunciar la palabra "cajetilla" pueda ser un buen método para dejar de fumar.O quizá, no. ¡Estamos expectantes!