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domingo, 25 de mayo de 2014

NADIE ME HACE CASO

                    Algunos pacientes van a demasiadas consultas. Tienen, por supuesto, su médico de cabecera, pero además visitan al endocrino que les trata la diabetes, al cardiólogo para su cardiopatía, al neumólogo para su bronquitis crónica, al cirujano vascular por su mala circulación...Todo un vía crucis de consulta en consulta, cada una con sus citas y sus análisis. Nuestra protagonista de hoy está en esta vorágine, y en todas las consultas por donde pasa dice: "doctor, a mi se me cae muchísimo el pelo". Todos hacen lo mismo: levantan la vista, dirigen la mirada hacia su cabeza y ven una reluciente mata de pelo bien peinado y teñido, bajan los ojos y siguen escribiendo. Ni caso. Así que, un buen día aparece en mi consulta:
- Nadie me hace caso- me comenta desesperada.
- ¿Caso a qué?- le pregunto.
- Al problema mío del pelo- me dice.
          Yo no veía que tuviese ningún problema capilar, al menos aparente. Pero aquella no iba a ser una consulta más. Estaba decidida a que le creyésemos y le diésemos una solución. Así que, tras mucho pensar, había trazado un plan novedoso y revolucionario.
- Yo le he traído las pruebas.
- ¿Qué pruebas?- le pregunto con curiosidad...
 
-Estas-, me dice. Y saca del bolso, con mucho cuidado, un paquetito envuelto en papel albal. Lo pone encima de la mesa y me mira.
 
 
 
 
- Ábralo- me indica.
       Parecía el bocata de media mañana que llevábamos al colegio. Lo miré con un poco de recelo y empecé a desdoblarlo con el cuidado de un artificiero. ¿Qué habría allí dentro? ¿A qué llamaría ella "pruebas"? El papel albal estaba un poco frío y así se lo comenté, queriendo aportar un punto de naturalidad al asunto, como si todos los días me trajesen "paquetitos" a la consulta.
 - Lo acabo de sacar de la nevera- me aclaró.
 

 
                  Esto es lo que me encontré: unos pelos engurruñados, que supongo que habría ido recogiendo durante días, semanas, quizás meses. Ahora si que me creerán y me harán caso, debió pensar. ¡Y los metió en la nevera! "Criogenización capilar", le llamarían algunos entendidos.
 
Nota: estas fotos son originales del paquetito en cuestión y no una recreación de esas que ponen en los programas de investigación. Son las ventajas de los móviles con cámara.

domingo, 18 de mayo de 2014

HACER LA DIGESTIÓN

       Para contar la siguiente anécdota, os pondré en situación. Tarde de guardia. Urgencias a tope. Las camillas y las sillas de ruedas ocupan la sala de espera y buena parte del pasillo. Gente con angina, cólicos nefríticos, abuelos que no respiran, gastroenteritis... Y de repente, entra un padre angustiado con un hijo adolescente. El hijo mira al suelo y parece que pone cierta resistencia a entrar en el servicio de Urgencias. Pasan por mi cabeza distintas explicaciones para esta actitud: un problema psiquiátrico, una torsión testicular, una adolescencia rebelde... Dan sus datos y se acercan al box donde hacíamos el filtro inicial para clasificar según la gravedad y la urgencia. Allí estaba yo, una residente de primer año dispuesta  hacer una buena historia clínica.
- ¡Buenas tardes! ¿Cuál es el motivo de venir a urgencias?- pregunto dirigiéndome al adulto.
- Lo traigo porque se ha comido un bocadillo de chorizo- me contesta con preocupación.
          Pongo cara de asombro mientras el adolescente miraba al suelo, cada vez más fijamente, supongo que esperando a que se abriese y se lo tragase la tierra, para poder desaparecer y no dejar rastro.
- Ya, bueno, ¿estaba en mal estado? ¿Caducado? ¿Es alérgico?- pregunté intentando buscar una explicación lógica a semejante "urgencia".
- Que yo sepa, no... - me contestó el padre.
- ¿Entonces, qué?
- Pues, se ha comido el bocadillo y luego se ha metido en la bañera y tengo miedo de que le dé un "corte de digestión".
      
    Me imagino a ese padre entrando en el baño y obligando a su hijo adolescente a salir del agua para a continuación decirle que se iban a urgencias por si acaso le pasaba algo. Y ese pobre hijo, muerto de vergüenza, intentando convencer a su padre de que no le pasaba nada y de que no quería ir a ningún sitio y menos al médico. Y ¿cómo serán esas tardes de playa? Supongo que con cronómetro en mano, vigilado hasta el último segundo por su progenitor. Y así, mientras todos sus amigos llevaban siglos disfrutando del agua, él jugaba al parchís en la arena, debajo de la sombrilla, con varias capas de protector solar, esperando las tres horas de rigor de la digestión. ¡Triste infancia!

domingo, 11 de mayo de 2014

RASCARSE EL OMBLIGO PUEDE SER MUY PELIGROSO

                  Hay gente que vive al límite, rozando el precipicio, al borde de cruzar la línea. Gente que lleva todo a sus máximas cotas, a las últimas consecuencias. Gente que vive peligrosamente. Gente que arriesga su vida al convertir un acto cotidiano en un asunto de vida o muerte. Gente que pone una pasión inusitada en todo lo que hace. Y no me refiero a James Bond, también conocido por 007, no. Me refiero a esa gente que se rasca el ombligo a las dos de la madrugada para quitarse unas pelusillas y acaba en el servicio de urgencias del hospital. Por si no os lo creéis, os transcribo literalmente el informe que firmó una compañera de urgencias, haciendo gala de una gran profesionalidad.

Hora de asistencia: 2.24 AM.
Edad: 22 años.
Motivo de la asistencia: acude por sangrado por ombligo tras hurgarse para extraer pelusillas.
Diagnóstico: pequeña herida en ombligo
Tratamiento: higiene diaria. Aplicar betadine. Agua oxigenada diaria. Control por su médico.

   ¡Qué ímpetu! ¡Qué manera de rascarse el ombligo!
   ¿Cómo serían esas "pelusillas"? ¡Qué manera de pegarse a su ombligo!