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domingo, 20 de octubre de 2013

EL DESEMBARCO DE NORMANDíA

La ciudad donde vivo tiene un puerto importante en el que atracan grandes cruceros, de esos que son auténticas ciudades flotantes con más de cinco mil pasajeros a bordo. Esos barcos están llenos de octogenarios y nonagenarias a los que no se les pone nada por delante y que suben llenos de ilusión a surcar los mares. Los más habituales son ingleses, ellas con sus faldas y blusas de diferente estampado (of course) y ellos con sus chaquetas de tweed. Ambos con los pies calzados con unas sandalias tirando a rústicas y sus inconfundibles calcetines. Siempre pienso que son los supervivientes del desembarco de Normandía y que si hubiese una tercera guerra mundial, también nos sobrevivirían a todos. Embarcan con sus maletas llenas de moda Britihs vintage y su lista interminable de achaques, medicamentos, andadores, sillas de ruedas y, algunos incluso, con sus turnos de diálisis bien establecidos. Existen unos verdaderos hospitales a bordo y un personal médico y de enfermería altamente competente, lo cual es muy necesario dado el tipo de pasaje que llevan. En cada puerto al que van deben desembarcar a alguno de estos pasajeros para ir al hospital, bien porque tienen un achaque nuevo o porque se le reagudiza uno de los que ya presentaban. Las consignatarias de los buques se encargan de facilitar el traslado al hospital y en nuestro caso casi siempre venían acompañados de la misma persona. Se trataba de un hombre de mediana edad que hablaba inglés con bastante fluidez y que en muchos casos servía incluso de traductor. Se interesaba por cada paciente y venía casi todos los días, por lo que yo siempre le daba información médica acerca de lo que padecía el paciente y cuantos días calculaba que tardaría en ponerse bien. Pensaba que trabajaba en la consignataria como una especie de intermediario y que era a quien yo debía informar. Si yo le hablaba de insuficiencia cardíaca  él parecía que era un experto y estaba de acuerdo en el tratamiento y en los días que debería durar el ingreso. Si le contaba que el paciente tenía una neumonía, por supuesto le parecía correcto el antibiótico y que podían presentarse complicaciones imprevistas. Cuando mi inglés se atascaba al explicarle al paciente su enfermedad, él le daba una charla de media hora de cual era su diagnóstico, que tratamiento le estábamos poniendo y no sé cuantas cosas más. Pasó el tiempo y yo creía que aunque no fuese médico, sería enfermero o algo parecido y que la consignataria había tenido mucha suerte de contratarlo. Así que cada vez le explicaba más y más cosas de enfermedades comunes y de otras mucho más raras que escuchaba con mucha atención, e incluso hacía comentarios bastante acertados para no ser médico. Pasaron así unos cuatro años hasta que un día en que tenía ingresada una paciente inglesa y la iba a dar de alta, le digo a la supervisora de la planta:
-          Hay que llamar a “fulano” para arreglar lo del alta de esta señora.
-          ¿”Fulano”? ¿El taxista? ¿No sería mejor llamar a la consignataria?
-          ¿Cómo que taxista? ¿No trabaja para la consignataria?
-          Bueno, si. Es uno de los taxistas que tienen contratados para transportar a los pasajeros.

¿Taxista? Casi me caigo del susto. Llevaba cuatro años dándole todo tipo de explicaciones médicas de enfermedades, diagnósticos, tratamientos y pronóstico. Y lo que es peor, daba su opinión sobre estos temas y es bastante acertada. Tuve que sentarme y tomarme una tila, mientras la supervisora y las enfermeras se reían de mí. 

domingo, 1 de septiembre de 2013

YO NO ME FÍO DE LOS MÉDICOS


       Hay personas que no se fían nada de lo que les diga el médico, ya sea con respecto a un diagnóstico o a un tratamiento. Si les das dos pastillas, se toman una, y si les dices durante diez días, ellos deciden que con cinco es suficiente. Al final se curan igual, así que quizá no vayan tan descaminados. Modifican la dosis, los días e incluso por dónde hay que tomárselas. Siempre hay algún compañero (de los más veteranos) que cuenta que una vez le recetó unos supositorios a un paciente y que éste vino quejándose de lo mal que sabían aquellas pastillas que le habían sido tan difíciles de tragar.

         Hace poco tuve una paciente octogenaria con un Lupus a la que le recomendé una crema de protección solar total, ya que estos enfermos tienen contraindicado tomar el sol. Cuando vino a la revisión, tenía unas lesiones en la cara que estaban claramente relacionadas con la exposición solar.
- ¿Se está usted poniendo la crema de protección solar que le mandé?- le pregunté.
- Yo tomo todo lo que usted me manda- me dijo.
- Yo creo que no, porque esas lesiones son del sol.
- Pues yo me la pongo siempre, como usted me dijo- se defendió.
- Y, ¿cuándo se la pone?
- Por las noches antes de acostarme- me dijo, tan contenta.
- Pero, ¿cómo se pone la crema de protección solar antes de acostarse por la noche?
- Porque usted me dijo que era para las arrugas y entonces es antes de acostarse.
- Yo no le pude decir eso...
- Sí que me lo dijo...
- Yo no receto cremas para las arrugas, porque eso no es una enfermedad.
- Pues a mi sí que me la dio.
No hubo manera de convencerla, así que supongo que seguirá haciendo lo que considere oportuno, porque a estas alturas no creo que sea capaz de hacerle cambiar de opinión.

        Después hay algunos que prefieren ponerse en manos de otro tipo de  "profesionales". Se muestran reacios a creerse un diagnóstico, aunque éste haya sido hecho con una resonancia de última generación o con una analítica súperespecífica. Son los que se fían más del "brujo" y siguen sus instrucciones al pie de la letra.  En mi caso, el paciente no se quiso tomar un comprimido cada 12 horas de unas pastillas, pero quemó  unos hierbajos como se le indicó y pasó tres veces por encima de lo quemado durante 9 días consecutivos. Además, le hizo unas ceremonias de limpieza de su casa, porque había algo extraño en ella. Al parecer, todo lo que le pasaba era consecuencia de un vecino que se había muerto quince días antes pero que no estaba "descansando" bien. Siguiendo estas "fáciles" instrucciones reconoce que mejoró el 90%. Al parecer, le resultaba  mucho más sencillo quemar y saltar unos hierbajos, y traer a un tipo a su casa a quemar velas e inciensos por un módico precio, que tomarse una pastilla. Como bien me comentó: "yo no me fío de los médicos". No me parece mal. No es bueno creerse todo como si fuese cuestión de fe. Pero, atribuir tu enfermedad al mal de ojo que te han echado como si viviésemos en el siglo XVI me parece de novela de Ken Follett.

sábado, 17 de agosto de 2013

EL COLOR DEL DINERO



              Mi experiencia con la pediatría es muy escasa pero parece que con los niños es preciso agudizar el ingenio para poder explorarlos y atenderlos en la consulta. Yo lo que veo son ancianos, con los que hay que ser doblemente astutos ya que son dos veces niños. Así, es preciso tener inventiva para que coman algo más que natillas y gelatinas, para que beban agua, para que se muevan a pesar de la artrosis. He tenido ingresada a una nonagenaria que al parecer tenía demencia (de esas demencias selectivas que hacen que se les olvide sólo lo que no les interesa) pero que sabía perfectamente cuando era primero de mes. El día exacto quería su pensión y, si no se la daban, se negaba a comer e iniciaba una huelga de hambre que sólo terminaba cuando tenía los billetes a buen recaudo, entre los refajos. Tan pronto como se los traían, los escondía repartiéndolos  entre el camisón, el pañal, la almohada... y después, cuando creía que no la veían, los sacaba y los contaba cuidadosamente, uno a uno, mirándolos con cariño. Entonces, los volvía a guardar para sacarlos al día siguiente y repetir la operación una vez por la mañana y otra por la tarde. Tenían que ser 500 euros y en billetes de 50; no quería de 20 ni de 10. No necesitaba cambio, puesto que no salía de casa y nunca compraba nada.   Coincidió el ingreso con la fecha de cobro y, de repente, un día dejó de comer sin que hubiese ningún factor médico que me lo explicase. El primer día no le di importancia, pero al segundo día le comenté el asunto a su hijo porque me preocupaba la evolución y retroceder todo lo que se había avanzado.

- Su madre no está comiendo y no tengo claro qué le pasa porque hasta ahora iba muy bien- le digo a su hijo. Inmediatamente me contesta:
- Esto seguro que es por el dinero.
- ¿Por el dinero?- pregunté extrañada, pensando que igual estaba preocupada por sí tenía que pagar algo del hospital.

Entonces me contó la historia del cobro puntual de todos los días uno de cada mes y de cómo esos billetes quedan absolutamente inservibles al cabo de unos días por el deterioro del papel.
- ¿Pero estáis tirando 500 euros cada mes?- le pregunto.
- ¡Uy!, nada de eso. Al principio intentamos razonar con ella pero no había manera, así que ahora le hacemos unas fotocopias en color de billetes de 50 euros y se los damos. Ella los va metiendo debajo del colchón cuando le traemos los nuevos y de vez en cuando, si conseguimos sacarla a dar un paseo, hacemos un poco de limpieza de papeles.

              Así que pasar visita se hizo más divertido cuando auscultándole te dabas cuenta de que lo que crujía debajo del camisón era un billete falso de 50 euros. ¡Qué sensación! Solo espero que un día no se le ocurra intentar comprar algo a contra reembolso...