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jueves, 9 de agosto de 2012

¡DILE A LA DOCTORA LO QUE FUMAS!

Tenía 85 años. Llegó a urgencias respirando por las branquias porque los pulmones los tenía completamente cerrados. Después de varios ventolines, urbasones y oxígeno a todo gas, cambió el color azul pitufo (cianótico diríamos en argot médico) por un tono más sonrosadito. Todas sus energías las tenía concentradas en respirar y tardó bastante rato en poder contestar a las preguntas habituales:
-         ¿Cuánto tiempo lleva mal?, ¿tiene tos?, ¿echa flemas?, ¿tuvo fiebre?
En fin, las cuestiones habituales. La siguiente, también de manual:
-         ¿Es usted fumador?
-         Pues,- un momento de duda- si.
-         ¿Y cuánto fuma?
Silencio sepulcral. La mujer cambió la cara de angustia contenida a cabreo manifiesto y cruzando los brazos sobre el pecho, golpeaba el suelo rítmicamente con su pie derecho.
         - Dille á doctora o que fumas.
El paciente había enmudecido y yo intenté animarlo.
-         ¿Cuántos paquetes? ¿Uno, dos…?
-         Dille, dille á doctora o que fumas- le repetía mientras taconeaba en el suelo cada vez más fuerte.
-         Bueno, no será tanto. ¿Cuánto fuma?
Seguía mirándome sn decir nada, con cara de agobio, mientras su mujer subía cada vez más el tono.
         - Dille á doctora o que fumas, ¡ladrón!.
Entonces, separó la mascarilla de oxígeno y dijo avergonzado:
-         ¡Marihuana!
-         ¿Marihuana?
-         Si, si –me dijo su mujer-. Estuvo en Marruecos con la Legión y se aficionó. Ahora, como la pensión no llega para nada, tiene una plantación de marihuana entre los tomates y las judías que tengo plantados en la huerta que hay detrás de casa. ¡Cualquier día nos llevan presos!
Presos, no sé. Pero en un despiste cualquiera, en lugar de liarse un porro de maría, se lo lía de hojas de tomate o de judías, o se hacen una sopa de de marihuana.

martes, 7 de agosto de 2012

¡AY, PENA DE MI!

Nunca tuve tantos pretendientes como desde que me dedico a este negocio. Claro que tiene un “pero”. Ninguno tiene menos de ochenta  años:  la mayoría roza o supera los noventa. Además, si sueltan alguna inconveniencia, te dicen que no se acuerdan, que “se les va la cabeza” y la pobre “demencia” lleva las culpas de todo.
Tenía un nonagenario ingresado que siempre que venía la enfermera le decía algún piropo, todo sonriente y zalamero.
-                           Fulano-, le dije -que ya no está usted para estos trotes. Que le va a repetir el infarto-.
-                           ¡Ayyy doctoriña, que la zorra pierde el pelo, pero no las mañas!
Con esta ilusión, es fácil que llegue a los cien o más allá, incluso. Cuando se fue de alta, todas fuimos a despedirlo: médicas, enfermeras, auxiliares… Cada una había recibido algún “halago” de este latin lover geriátrico y queríamos agradecerle sus piropos.

         Un día estaba de guardia e ingresé a un anciano de 85 años con un pequeño infarto. Estaba bastante bien para su edad y, como urgencias estaba colapsado, lo dejé en un sofá en el pasillo con un monitor y el suero pegado con un esparadrapo en la pared en espera de cama (todo última tecnología). Yo iba de un lado a otro y miraba de reojo el monitor. Cada vez que pasaba cerca de él, le oía exclamar arrastrando la voz y las palabras:
-        ¡Ayyy, pena de min!-
-                           ¿Qué le pasa? ¿Tiene dolor?
-                           No tengo ninguno doctora.
Yo seguía apurada y él seguía con su cantinela lastimosa: - ¡Ayy, pena de min!-. Al tercer “pena de min” que le oí, me acerqué y le pregunté:
-                           Pero, ¿qué le pasa? ¿Se encuentra mal?
-                           No, doctora. Es que tengo pena de min por haber quedado soltero habiendo estas médicas ¡tan guapas!

¡Ole! Y ¡Ole!, por este don Juan infartado y por esos oculistas que no le habían querido operar las cataratas, porque “era muy mayor”. Gracias a eso, veía muy mal y todas le parecíamos Sofía Loren. ¡Qué sabrán los oculistas lo que es ser “muy mayor”!

sábado, 4 de agosto de 2012

LA CABEZA NO PARA ( a cabeza non para)

Hablar de “enfermedades de la cabeza” es una cosa muy seria y hay que explicar muy bien los síntomas para que los médicos podamos hacer un diagnóstico lo más aproximado o exacto posible.  A veces, una palabra técnica nos puede ayudar:
-         Tengo ruidos “acústicos” en la cabeza.

         Otras veces, hay que explicar para que se va a la consulta.
-         Me mandaron al neurólogo por causa de las “pirañas” que me dan a la cabeza.
Quiero suponer que hablamos de las migrañas porque si realmente tiene pirañas, mal asunto.
En ocasiones, se requiere un equipo multidisciplinar. Así, un día viene un paciente a urgencias y me pide que lo vea el Neurocirujano.
-         Muy bien, pero dígame por qué quiere que lo vea, porque antes de llamarlo tengo que saber para qué lo llamo.
-         Es que tiene que quitarme un aparato que me pusieron en la cabeza-,  me dice señalando la nuca.
-          ¿Le operaron?-. La verdad es que no le encontraba ninguna cicatriz.  
-         Si, ya hace tiempo.
-         ¿Pero tiene dolor, le molesta? ¿Se lo pusieron los neurocirujanos de este hospital?
-         No, los de aquí no fueron.
-         Pero, ¿qué le pusieron?
-         Un microchip- me dijo todo serio.
-         ¿Los neurocirujanos de aquí? ¿Un microchip?- madre mía, como a los perros, pensé.
-         No. En realidad fueron los marcianos cuando me abdujeron, pero claro, ahora no me interesa tenerlo, porque saben lo que pienso, lo que hablo... Y claro, esto ahora no me va bien.
-         Hombre, pues eso tendrán que quitárselo donde se lo pusieron-, dije jugándome el tipo porque con los psicóticos nunca se sabe por dónde van a salir.
-         Bueno, ya llamé por teléfono pero no me cogen, y claro, yo así no puedo estar.
Como no había “Marciano de guardia”, avisé al Psiquiatra porque este tipo de microchips requiere una técnica “especial” que sólo él puede aplicar; son aparatos muy delicados.